El lado oculto del corazón

Para Inma, por ayudarme con Rodrigo.

 

        — ¿Papá? Sí, soy Olivia… Mmmmm… ¿Te puedes quedar con Rodrigo esta noche?

Rodrigo siguió sorbiendo la sopa. Oía a su madre hablando por teléfono con su abuelo, pero a él no le hacía falta prestar atención. Ya sabía qué iba a suceder. Los pasos que había imaginado desde que el móvil sonó al final de la tarde, se iban cumpliendo uno por uno. Era como si el tono de la llamada fuera diferente cuando son malas noticias. Qué extraño. A sus quince años, Rodrigo ya había aprendido a descifrar los suspiros. El que lanzó su madre al descolgar, le bastó para confirmar la sensación.

        — Sí, papá, sí, es Marga otra vez… Lo sé, no te preocupes, iré a dormir con ella esta noche, mañana ya veremos lo que hacemos. En cuanto acabe de cenar Rodrigo, te lo llevo y me voy con ella…

Tía Marga. De nuevo. Se hizo el silencio, su madre ahogó algo similar a un sollozo. Desde el reflejo del cristal de la puerta, Rodrigo vio cómo se llevaba la mano a la boca. Nada le hacía preocuparse tanto como ver a su madre derrumbándose. 

        — Espero… Espero que no sea como la última vez… Seguro que no es como la última vez, papá… 

De nuevo ese suspiro. En bajito, pero perceptible aun así. Era uno de los malos. No hay nada más potente en la vida que un suspiro —pensó Rodrigo mientras soplaba la sopa—. Los buenos son maravillosos, pero los malos, no sé por qué, me dan mucho miedo. Es como pensar que está sucediendo algo tan horrible que una persona mayor es capaz de quedarse sin palabras. No sé.

        — No, no, estoy bien… Voy yo, sí, tú quédate con Rodrigo… Vale, vale, le meto un pijama y ahora nos vemos, papá… Adiós.

22:23 marcaban los dígitos rojos del coche cuando cerraron las puertas. Cruzaron la ciudad de sur a norte en silencio. Ni una sola palabra. Rodrigo sentía que no debía molestar. No quería que su madre tuviera que fingir que todo estaba bien y se limitaba a mirar por la ventana las calles salpicadas de gente en un viernes por la noche.

        — Dile al abuelo que le llamaré mañana por la mañana, ¿de acuerdo? Que… Que no se preocupe —dijo su madre mientras él cogía la pequeña maleta del asiento trasero—. Descansa, y no le hagas trasnochar mucho, anda.

Y esbozó algo similar a una sonrisa.

A Rodrigo le gustaba mucho estar con su abuelo, pero no le agradaba demasiado su casa. Olía raro, las cosas parecían demasiado antiguas y todo le recordaba a su abuela. Le encontró viendo la televisión. Su abuelo se apresuró en apagarla en cuanto le vio.

        — ¡No hay ningún programa de televisión que sea más interesante que una conversación! —exclamó su abuelo sonriendo, mientras se encaminaba a la cocina—. Es una lástima que se nos esté olvidando… ¿Quieres algo? ¿Un tazón de leche? Creo que todavía me queda Cola Cao de cuando estuvieron aquí tus primos en Navidades.

Rodrigo negó con la cabeza. Le había cogido de improviso la actitud enérgica de su abuelo. Se sintió más animado, de pronto era como si todo no fuese tan mal como él había pensado.

        — ¿Nada? ¿Seguro? —insistió su abuelo, revolviendo los armarios en busca de algo que ofrecerle a su nieto—. Tengo estos chococereales con azúcar suficiente como para que te tenga que prestar mi dentadura postiza. ¡Ah! No, no, olvídalo, llevan un año caducados…

Rodrigo rió. Era una escena peculiar ver a su abuelo con batín, poniéndose de puntillas en pantuflas para llegar al fondo de la balda.

        — Estas galletas estaban detrás de la caja de cereales. No quiero ni mirar la fecha, pero seguro que llevaban tanto tiempo ahí que me tenían que haber pagado el alquiler los tres últimos años —tiró todo a la basura y se quedó mirando a su nieto—. Soy un desastre, ¿no crees? Pero es que este era el rincón de tu abuela. Era vuestro cajón, ¿te acuerdas? El cajón de los caprichos de sus nietecitos. Lo llenaba con tabletas de chocolate blanco, con todo tipo de bollería y con las galletas que le recomendaban en el supermercado.

Claro que Rodrigo se acordaba de aquello. Su abuelo se quedó contemplando el armario como si estuviera sucediendo algo realmente interesante. 

        — Que esto quede entre tú y yo, pero… la abuela nunca sabía qué compraros —el abuelo suspiró. Era un suspiro de los buenos—. A veces llamaba a las tías y a tu madre e intentaba averiguarlo sin que ellas se dieran cuenta. Si la pillaban, la echaban una pequeña bronca… Ni se te ocurra comprárselo, le decían tus tías y tu madre, que Fulanito está castigado porque ayer no se comió las verduras o que no se lo merece porque ha suspendido el último examen. Y en cuanto colgaba el teléfono, cogía su carrito rojo de la compra y su monedero y se iba a la tienda a comprar esas cosas que no sabía ni lo que eran porque tenían nombres en inglés. Y, cuando volvía, llenaba todo contenta el armario para sus nietos…

El abuelo tenía los ojos húmedos, pero un gesto de paz en la cara. A Rodrigo le sorprendió algo entonces. Todas las personas que conocía evitaban llorar en público. Se marchaban corriendo a alguna habitación, o fingían que no pasaba nada, o se limpiaban rápidamente las lágrimas mientras giraban la cara hacia otro lado. Su abuelo seguía ahí, mirándole. Como si no se diera cuenta de que estaba llorando. Como si no se tuviera que avergonzar de nada.

        — Ven, venga —su abuelo volvió al salón, agarró la maletita y encaró el pasillo—, te he preparado la cama de la antigua habitación de tu madre. Seré muy viejo, pero todavía recuerdo que no te acabé de contar la aventura del relojero Jack por el norte de Marruecos…

A Rodrigo le encantó aquella historia. No por el cuento en sí, sino por la forma en la que su abuelo se lo contaba. A veces cerraba los ojos y lograba hacer realidad cada palabra, cada lugar, cada personaje. Era su voz subiendo y bajando, emocionándole, preocupándole, haciéndole reír, era la entonación con la que lo contaba, la que le permitía vivirlo como si estuviese viendo una película. El abuelo se incorporó y le tapó bien con las sábanas.

        — ¿Tienes frío, hijo? ¿Quieres que te ponga otra manta más?

        — No, no, estoy bien. Gracias.

El abuelo alargó la mano para aproximarse al interruptor de la lámpara de la mesita de noche.

        — Abuelo, una última cosa…

Rodrigo llevaba desde el final de la tarde con esa pregunta rondándole la cabeza. Sabía que había hecho bien no intentándolo con su madre, pero ahora no podía resistirse. Aunque no supiese muy bien cómo expresarlo.

        — Sí, claro, dime.

La amabilidad de su abuelo, su impermeabilidad a la situación, su buen estado anímico, le dio a Rodrigo la confianza suficiente como para sacar el tema.

        — Tía Marga…

        — Sabía lo que pensabas, pero no tenía claro si me lo ibas a preguntar ya. Tal vez tuve que ser yo quien te hablase directamente de ello, pero… Bueno, supongo que el mayor defecto de los adultos y de los ancianos como yo es que minusvaloramos la capacidad de los jovencitos como tú. Problemas de mayores, os decimos, como si eso fuera a justificar algo más que nuestras pocas ganas de hablar de ello…

El abuelo volvió a sentarse en el mismo lugar de la cama en el que había contado la historia. Se quedó pensativo un minuto mientras acariciaba la manta.

        — Pues resulta que tía Marga sí tiene frío —dijo el abuelo por fin.

        — ¿Frío? Pero si estamos en otoño y tenemos la playa, y la gente todavía va a bañarse por las tardes… —Rodrigo estaba desconcertado.

        — No, no. No me refiero a una estación, ni a un punto geográfico. Tía Marga tiene frío porque hace frío en su vida ahora mismo.

        —¿Hace frío en ella?

        —Sí, hace frío en ella. Es eso exactamente. ¿Sabes qué? Siempre nieva en la cara oculta del corazón. La clave está en que esa parte sea una parte lo más pequeña posible. O que no te importe la nieve. Tener una de esas dos cosas resulta esencial.

        —¿Y por qué nieva siempre?

      —Porque allí hace mucho frío. Y nunca, nunca jamás, da el sol, Rodrigo.

        —¿Y ese frío molesta, abuelo?

     —A tía Marga, sí. Tiene mucho miedo a que nieve. Pero a mí, por ejemplo, no. Y con esto no quiero decir que yo sea mejor que tía Marga, pero sí tengo más años y supongo que he aprendido otras cosas. A mí no me molesta en absoluto ese frío. A veces hace mucho calor en la parte visible del corazón o simplemente me apetece coger el abrigo… Y me doy una vuelta por allá. Me gusta hacerlo, aunque nunca me quedo demasiado tiempo. Quedarse allí mucho tiempo es muy peligroso, Rodrigo. Corres el riesgo de sufrir una hipotermia o, lo que es peor aún, corres el riesgo de olvidar que hay una parte de tu mundo en el que sigue saliendo el sol. Un sol radiante, como de vacaciones en agosto. La tía Marga se ha olvidado de eso. No lo recuerda. Por eso llora tanto la tía Marga, hijo. Porque ha llorado ya tanto que se ha ahogado… Pero por dentro.

       —Me da mucho miedo eso… Tengo mucho miedo, abuelo. Por la tía Marga, por mi madre, por ti, por mí, por todos…

       —No, no, no. Jamás tienes que tener miedo de ti mismo, ni de llorar, Rodrigo. Llorar está bien. Está muy bien, créeme, te lo dice un viejo y los viejos somos expertos en esto porque nadie ha llorado tanto como nosotros. El problema es que sólo hay una forma sana de hacerlo.

        —¿Hay una forma sana de llorar?

      —Sí, por supuesto. Claro que hay una forma sana de llorar: Cuando una persona puede elegir cuándo quiere llorar. Eso es maravilloso. Yo lo hago muy a menudo, como antes cuando te he hablado de la abuela y del cajón de los caprichos. Pero en algo tienes razón, sí. Llorar de cualquier otra forma que no sea esta, me da mucho miedo. Como a ti.

        —¿Y tú vas mucho por allí, abuelo?

        —¿Por el lado oculto del corazón? ¡Oh, sí! Ya lo creo que sí. Voy mucho por allá desde que me falta tu abuela. A los viejos se nos permite estar por ahí mucho más tiempo que a vosotros. Supongo que con la edad, esa parte se va haciendo más y más grande y… Y de vez en cuando te gusta ponerte nostálgico, claro…

        —¿Cuándo fue la última vez que estuviste allí? Quiero decir, la última antes de lo del cajón del chocolate…

        —Antes, cuando me has pillado viendo la televisión.

        —¿Y qué pensabas, abuelo?

        —Pensaba en tu abuela y en cuánto me hubiese gustado vivir hasta el último día de mi vejez con ella… Pensaba en mis hijas, en tía Marga, por supuesto, y pensaba en vosotros…

        —¿Y qué ha pasado?

      —Pues que has llegado tú, Rodrigo. Y de pronto ha hecho sol, mucho sol. Un sol radiante, como de vacaciones en agosto.

 

4 comments

  1. Me has hecho recordar a mi abuela ella también tenía un rincón para los dulces. Y también me has hecho pensar que a mis 30 años soy como tía Marga y no se como remediarlo.Muchas emocioness en un pequeño cuento. Muy bonito.

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  2. Emocionantemente necesario, todo! El tema,su importancia, el momento en el que lo has contado….
    Tan necesario como dejar a las emociones que salgan de la cuarentena permanente a la que las tenemos sometidas.
    Tan necesario como tú!
    💜

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  3. Otra más que se siente a sus 30 como tía Marga. No sé por qué nos empeñamos en quedarnos tanto tiempo en el frío, con lo bonito que es sentir el sol.
    El relato me ha encantado. Es perfecto. Gracias Dani.

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