Amor, después de ti

Puedo decir que no me acordé de ti
cuando le metía la mano por debajo de la falda
mientras ella intentaba abrir la puerta.
Tampoco te recordé cuando entramos en su casa,
comiéndonos la boca con la furia
de quien coge aire para bucear,
ni cuando la puse contra la pared
y ella miró al techo, ofreciéndome el cuello.

Estoy seguro de que no te pensé
mientras mi lengua dejaba sus labios,
mis manos medían sus curvas,
su voz gemía en un idioma
que sólo conocía
blasfemias y mi nombre.
Quizá me pasaste brevemente por la cabeza
cuando le abrí la blusa y entendí
que no son las puertas que abres
sino quién te las abre
lo que importa.

Pero, desde luego,
no me acordé más de ti,
ni cuando medio desnudos
me empujó sobre su cama,
se me puso encima
y yo comprendí las avalanchas,
ni cuando le mordí el labio,
le agarré del cuello, le hundí mis dedos
y encorvó la espalda
como esperando rozar el cielo.

No creí que fueses tú
cuando la rodeé con mi brazo
por ese lugar entre su pecho y su cintura
donde suele transitar el deseo,
ni te recordé
cuando la bajé de mi cuerpo
y la posé sobre las sábanas,
le quite las medias, la falda,
abrí sus piernas
y se cerró mi boca
en torno a ella.

Seguro que no te recordé
cuando empezó a gemir
y sus manos a jugar con mi pelo
como suplicándome que no me marchara
justo en ese momento.
Ni cuando metí mi lengua entre sus labios
y probé el océano.
Olvida esto último
si no sabes a qué punto geográfico
me refiero.

Estoy convencido de que no te imaginé
cuando regresé mi saliva a su boca
y sus gritos a su cauce,
ni cuando nos besamos con la mente perdida
en otro rincón de nuestro cuerpo,
ni al jugar con sus ganas,
acariciándonos los sexos.

Por supuesto, no me acordé de ti
cuando me sonrió
rodeó con su mano mi deseo
y, sin miedo a ahogarnos,
fuimos lentamente,
adentrándonos.
Y entonces, justo entonces y a la vez,
los dos temblamos.

Que no te pensé
cuando fuimos ganando cadencia
hacia el desenfreno,
ni cuando la agarré del cuello
aun esperando que gritase mi nombre,
ni cuando gritó mi nombre
y las sacudidas nos dejaban sin aliento
y yo puse sus piernas contra mi pecho,
sus pies sobre mis hombros
y ella al instante dejó en blanco
los adjetivos y sus ojos.

No pensé que fuera tuyo
el calor que noté bajo mi vientre,
ni la convulsión de tu cuerpo,
ni el escalofrío de tus piernas.
Ni te recordé cuando ella cogió aire,
me miró, se mordió el labio
y yo descubrí cuánto sexo
puede haber en un sólo gesto.

Créeme que no estaba pensando en ti
cuando me dijo “Ven” y me condujo al baño.
Ni cuando puso contra los azulejos
las palmas de sus manos,
como diciendo:
“Ya que has venido a quemarte,
prepárate para el infierno”.
Y yo, que soy obediente cuando me dejo,
me puse a sus espaldas, le cogí de las caderas
y me dejé llevar hacia el fuego.

Tampoco entonces pensaba en ti,
ni cuando echó la cabeza hacia atrás
y le agarré del pelo,
ni cuando escribió indeleble
su respiración entrecortada
en el vaho del espejo.

No te recordé
cuando se corrió por octava vez
y exhausto, me dejé ir
como si así fuese a llegar
a algún lugar cerca de ti.
No pensé que eras tú
cuando volvimos a estar
entre sus sábanas
con el gesto en la cara
de las sonrisas cómplices.

Y entonces sí me acordé de ti,
cuando quise quedarme,
abrazándola sobre la cama,
y, en cambio, comencé a vestirme.
No fuese a ser que me sucediese
lo que me pasó contigo
y me enamorara.

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